El dilema de las enseñanzas elementales

“Enseñad música y canto en la escuela no de manera tortuosa, sino como un disfrute para el alumno; inculcándole una sed por la música de calidad, una sed que le durará toda la vida”.

– Zoltán Kodaly

A partir de la LOGSE (1990), nuestro sistema educativo estableció dos vías para la educación musical: una de carácter profesional impartida en los conservatorios y otra, no reglada, que se imparte en las escuelas de música cuya misión principal es proporcionar una formación musical a capas amplias de población. Las enseñanzas elementales estarían dentro de la primera, junto a las enseñanzas profesionales y superiores, y gozan de una larga tradición en nuestro país.

Con la LOE (2006), las enseñanzas elementales sufren cierta descentralización porque su organización y sus características se encomiendan a las comunidades autónomas. A partir de aquí, encontramos diferentes “soluciones”. Desde aquellas comunidades que directamente no las han implantado y han confiado este tramo educativo exclusivamente a las escuelas de música (Cataluña, País Vasco, Navarra y Canarias). A otras que han optado por mantener ambas vías en régimen de coexistencia, es el caso de la Comunitat Valenciana. Aquí, la presencia de una red amplia y potente de escuelas de música dependiente de las sociedades musicales ha supuesto en algunas ocasiones puntos de fricción o de debate sobre si sería mejor optar por la desaparición de las enseñanzas elementales y potenciar esta red o, por el contrario, es necesario mantener estas enseñanzas elementales como un elemento de calidad educativa pública y gratuita. He aquí la cuestión.

El debate educativo

La crítica más extendida al mantenimiento de las enseñanzas elementales nos llega desde el punto de vista pedagógico. ¿Es adecuado iniciar la educación musical con un proyecto educativo reglado y de carácter profesional? ¿O se necesita un proyecto educativo de carácter flexible que atienda la múltiple diversidad y las necesidades y expectativas de este alumnado? Tengamos presente que tienen entre ocho y doce años de edad. No parece muy sensato elegir a los ocho años una vía de carácter profesional. Entonces, ¿cuál debe ser la prioridad a estas edades?, ¿iniciar una educación musical rigurosa y que garantice la adquisición de competencias profesionales? O, por el contrario, ¿debemos poner el énfasis en aspectos que potencien el gusto y la pasión por la música? ¿Se puede hacer todo a la vez?

Consideramos que el debate educativo se decanta claramente a favor de un proyecto de carácter no reglado en esta etapa de iniciación, tal como sucede en la mayoría de países de nuestro entorno. Así lo ha entendido la mayoría de pedagogos desde la segunda mitad del siglo XX que tanto influyeron en la mejora y en las reformas de nuestros sistemas educativos.

Por ello, aunque mostremos más preferencia por las enseñanzas no regladas para iniciar la educación musical, ¿significa que aboguemos por eliminar las enseñanzas elementales? Pues no. Y hay un motivo fundamental. Si analizamos los proyectos educativos de las escuelas de música valencianas, no encontraremos mucha diferencia respecto a los proyectos desarrollados en los conservatorios; al contrario, son bastante idénticos. Es decir, más de lo mismo. Las escuelas de música no están en condiciones, hoy por hoy, de ofrecer un proyecto alternativo y diferenciado acorde con su naturaleza no reglada. Una auténtica anomalía. Suprimir las enseñanzas elementales sin más, supondría una pérdida.

El debate político

Según nuestros cálculos, la eliminación de las enseñanzas elementales impartidas por profesorado funcionario en los 14 conservatorios públicos conllevaría la desaparición de al menos 150 plazas de profesores, algo difícil de asumir para cualquier gobierno. No olvidemos que este profesorado está ampliamente respaldado por organizaciones sindicales.

Por otra parte, el argumento que esgrimen los partidarios de su mantenimiento, que garantizan una educación de calidad y gratuita en la Comunidad Valenciana, es cierto a medias. De calidad sí, pues el cuerpo funcionario de profesores de música es sin duda, un cuerpo de élite, con una formación y una experiencia excepcionales. Pero claro, los 14 conservatorios públicos dependientes de la Generalitat solo cubren las necesidades de una parte del territorio. Fuera de la influencia de estos centros, el resto de la ciudadanía no tiene más remedio que pagar esta formación a los conservatorios municipales o a las escuelas de música. El modelo actual produce cierta desigualdad. Si se trata de mejorar la igualdad de oportunidades, la solución es otra. O bien se generaliza este modelo por toda la geografía, cosa que no parece razonable por el elevado coste y porque no acaba de convencernos del todo. O por el contrario se busca otra solución. Vayamos a ella.

Otro modelo es posible

Ponderados los argumentos educativos y políticos, se impone una solución más realista, integral y globalizadora que pasaría por:

  • Modificar el Decreto 159/2007 y suavizar el carácter reglado del mismo, configurando unas enseñanzas elementales más flexibles. Aumentar la presencia de la práctica instrumental en grupo y enseñar el lenguaje musical de manera integrada en la práctica instrumental, entre otras medidas.
  • Propiciar unas enseñanzas de naturaleza no reglada ya de una vez por todas en las escuelas de música. Para ello es necesario modificar la Ley Valenciana de la Música y exigir el Título Superior al profesorado. Y, sobre todo, modificar el artículo que regula las enseñanzas mínimas que establecen la presencia del Lenguaje Musical e Instrumento, un artículo letal que impide proyectos diferenciados de los conservatorios, aunque el Decreto del 2013 sorteó hábilmente esta “camisa de fuerza”.
  • Aumentar sustancialmente la financiación de las escuelas de música. Eso sí, garantizando estas subvenciones a aquellas escuelas que elijan a su profesorado con criterios de calidad y muestren resultados en la formación de músicos aficionados tal como exige la Ley Orgánica. Y así rebajar sustancialmente su coste al alumnado. De esta manera, aprovecharemos completamente nuestra tradición y experiencia; y a un precio relativamente asumible y sostenible garantizaremos la calidad y la gratuidad de estas enseñanzas para el conjunto de la población.
    El debate queda abierto.

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