Las escuelas de música valencianas: “En busca de la identidad perdida” (I)

“Quien se emociona por lo simple suele no ser simple”

José Narosky (1930), escritor argentino

No es la primera vez que reflexionamos sobre las escuelas de música valencianas. Y siempre que lo hacemos no podemos más que mostrar una gran admiración. Durante muchas décadas asumieron prácticamente en solitario la responsabilidad de educar a nuestros músicos. Además, en unos tiempos donde los poderes públicos apenas atendían las necesidades educativas
básicas.

Estas escuelas de música, y las sociedades musicales que las sustentaban, realizaron una descomunal aportación a la educación artística de sectores sociales desfavorecidos y también consiguieron su promoción social, una oportunidad que aprovecharon cientos de músicos valencianos que se ganaron la vida ocupando plazas en orquestas, bandas y conservatorios de toda España y muchos otros países.

Aquel modelo de escuelas de música valencianas, que brilló desde finales del siglo XIX hasta la década de los años 70 del siglo pasado, lo tenía muy claro: priorizaba la formación del músico aficionado. Y tenía unas características muy básicas pero
tremendamente efectivas. El músico se formaba fundamentalmente dentro de la agrupación. Ya saben, aquello que decía Zoltan Kodaly: “la música se enseña haciendo música”. Adelantadas a
su tiempo.

Aquel modelo de escuelas de música valencianas, que brilló desde finales del siglo XIX hasta la década de los años 70 del siglo pasado, lo tenía muy claro: priorizaba la formación del músico aficionado. Y tenía unas características muy básicas pero
tremendamente efectivas. El músico se formaba fundamentalmente dentro de la agrupación. Ya saben, aquello que decía Zoltan Kodaly: “la música se enseña haciendo música”. Adelantadas a
su tiempo.

En el ámbito escolar, la organización era muy sencilla. La docencia era responsabilidad de los músicos más aventajados o del maestro de la banda que enseñaba los rudimentos del solfeo tradicional necesarios para leer una partitura. Respecto a la práctica instrumental, se aprendían rápidamente las digitaciones básicas, algo de técnica y, en menos de un año, el músico ingresaba en la banda donde ya nunca la abandonaba y se formaba a lo largo de la vida.

Este proceso educativo estaba íntimamente ligado a un proceso sociabilizador, allí se aprendía, se hacía música, pero sobretodo se vivía. Los músicos lo eran durante toda la vida y era muy habitual encontrar septuagenarios en nuestras bandas de música que entraron en ella siendo niños. Simple, sencillo y tremendamente efectivo: eficiencia a raudales. Y si me permiten, conmovedor.

Con la creación de los llamados entonces Centros Reconocidos, ya en la década de los 80, muchas escuelas de música se transformaron en cuasiconservatorios y realizaron una encomiable labor extendiendo las enseñanzas regladas por todo el territorio. Pero las claves del éxito escondían sus propias amenazas. La expectativa de ser profesional de la música, la aparición del Estado incrementando sus conservatorios… En definitiva, la modernización de nuestro país, que propició un cambio sociológico donde de repente, y de manera incomprensible, el músico aficionado es visto casi como un intruso, las bandas de música como un producto de segunda categoría si las comparamos con las orquestas.

Evidentemente, la calidad educativa, entendida en su sentido tradicional, se incrementó pero a un coste bastante elevado, la renuncia a un proyecto educativo de carácter integrador destinado al conjunto de la población con independencia de sus aspiraciones y motivaciones. Nuestra ambición nos gastó una mala pasada y, enfermos del complejo de Edipo, casi acabamos matando, o mejor dicho, renunciando a nuestro “padre”.

Las escuelas de música empezaron a perder su identidad y copiaron la organización de un conservatorio elemental, el referente de calidad educativa. Incluso algunas se convirtieron más tarde en centros autorizados (conservatorios privados), creyendo que así se accedía a un estatus más elevado con consecuencias económicas, educativas y de gestión que ellos conocen muy bien, negativas en la mayoría de los casos.

Y así estuvimos varios años perdidos. Y se hablaba y hablaba de un modelo valenciano de educación musical pero no se hacía más que dar círculos concéntricos perdidos en un mar de confusión. Y aunque se hicieron muchos avances, la prioridad del movimiento asociativo era emular a los conservatorios elementales y compartir su espacio. Con ello, estábamos renunciando a la historia y a la propia identidad. Y no nos dábamos cuenta de todo ello. Delirios de grandeza con la mejor de las intenciones.

La cosa empezó a evolucionar. Ayudó a ello la promulgación de la LOGSE en 1990, que dibujó con meridiana claridad dos vías de educación musical diferenciadas: los conservatorios para formar profesionales y las escuelas de música para enseñar música a todos. La orden autonómica de 1994 estableció un marco bastante claro, pero fue insuficiente para meter en el redil a las escuelas que querían ser conservatorios.

La Ley Valenciana de la Música, que tanto significó de consenso político y de avance en el ámbito cultural, generó cierta confusión en el terreno educativo. Ya lo hemos argumentado en otros artículos anteriores. Y por favor, estás opiniones no suponen crítica alguna a los responsables de entonces que consiguieron altísimas cuotas de dignificación del movimiento musical valenciano. Todos hemos ido evolucionando de la mano.

Aun así, el cambio más importante lo dio la Federación de Sociedades Musicales de la Comunidad Valenciana (FSMCV), de la mano del entonces presidente Josep F. Almería y de su equipo de colaboradores más cercanos entre los que se encontraba el actual presidente, Pedro Rodríguez. Entendieron que lo más valioso de nuestro proyecto educativo no estaba en suplantar o lograr un sorpasso a los conservatorios, sino en buscar en la profundidad de nuestra identidad y encontrar aquello que fuimos. Giro copernicano.

Y la tendencia cambió. Además de conseguir más financiación económica, se logró una regulación sólida con el decreto 91/2013. Y la gran noticia: la presentación hace unos pocos meses de un modelo elaborado por la FSMCV en el que, por primera vez, una escuela de música se organiza en niveles y se abandona la estructura tradicional de cursos y asignaturas a imagen y semejanza de un conservatorio elemental. Un punto de inflexión. La vuelta a nuestra razón de ser y, además, con un proyecto educativo actualizado a los nuevos tiempos. Por fin, cada uno en su sitio.

Paralelamente, se están tomando las decisiones acertadas. Los cursos de directores están formando líderes que entienden todo esto y son capaces de aplicar este proyecto educativo diferenciado de los conservatorios de música. Pero se debe incidir en la formación del profesorado, el elemento clave para materializar esta profunda innovación. No será fácil, queda mucho por hacer, en todos los niveles, aunque en honor a la verdad, disfrutamos ya de magníficas escuelas de música que entendieron esto hace mucho tiempo.

Una vez definida la visión, toca conseguir la transformación real articulando una red de escuelas de música con un proyecto integrador que garantice y dignifique la figura del músico aficionado, que colabore con los conservatorios en la formación del músico profesional y que permita continuar con nuestro gran éxito. Y por favor, no nos perdamos en batallas estériles ni en conflictos producto de malentendidos.

Por ello, el Decreto 158/2007 todavía sigue siendo válido aunque precisa de retoques que lo mejorarían, entre ellos, la regulación de la optatividad. La cosa no ha ido mal, así que mejor abstenerse de aventuras.

Apasionante, como siempre.

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