Los músicos aficionados no deberían ser Neandertales

Los Neandertales fueron una especie de homínidos que vivieron en Europa hasta hace apenas 28.000 años y desaparecieron misteriosamente. Una de las teorías vigentes en la actualidad, señala a los Homo Sapiens como responsables de su extinción. Los primitivos y poco adaptables Neandertales no pudieron competir con las habilidades más sofisticadas de los nuevos competidores que acabaron asimilándolos o en el peor de los casos y como algunos investigadores sugieren, aniquilándolos. ¿Es la extinción la inevitable suerte que correrán los aficionados valencianos a la música al igual que aquellos antepasados?

Los músicos aficionados valencianos fueron los auténticos protagonistas de las bandas civiles valencianas durante los siglos XIX y XX. Estas agrupaciones estaban formadas mayoritariamente por ellos, unos pocos estudiantes y algún músico profesional que se incorporaba de manera intermitente a la disciplina de la organización. Esta composición se mantuvo hasta bien entrados los años ochenta del pasado siglo, apenas hace treinta años. Y con ella se mantuvo viva una de las manifestaciones culturales más importantes de la Comunidad Valenciana.

Pero aquellos que habitaron nuestras bandas se encuentran en franca retirada sustituidos por la nueva figura emergente: el estudiante que quiere ser profesional, (una especie de Homo Sapiens musical).

Efectivamente, a partir de la década de los años 60 y coincidiendo con la modernización de nuestro país, las necesidades de músicos profesionales en agrupaciones y conservatorios encontraron en nuestras bandas de aficionados una cantera magnífica para conseguir la nueva mano de obra especializada que se requería. Y aquellos músicos rurales dotados de especial talento, educados y formados en la disciplina semanal del atril encontraron una oportunidad para optar a una vida mejor. Y como no podía ser de otra manera, cundió el ejemplo.

Esta circunstancia comenzó a provocar una profunda transformación en nuestras sociedades musicales. La nueva figura se coloca en el centro de nuestra actividad y cambió, o desvirtuó según se mire, la organización y la misión de las sociedades musicales en dos de sus manifestaciones más visibles: la función de las escuelas de música y el régimen de funcionamiento de las bandas de música.

Ya no se trata de disfrutar tocando y hacer de la práctica musical una afición que llene nuestras vidas de significado. A esto se añade la posibilidad de inserción laboral y de ejercer la profesión musical y claro, nadie puede mantenerse ajeno a este poderoso y lícito “canto de sirena”.

Al mismo tiempo, en los sectores llamados cultos, se percibe este fenómeno como algo positivo y lógico: “la música en manos de los especialistas lejos de ser manoseada por aficionados”, nuestros particulares Neandertales.

Pero nadie cita cuál es el precio de esta nueva situación. En primer lugar, una gran legión de desencantadosfrustrados. Aquellos (casi todos) que no
consiguen la profesionalización, el motivo por el cual se acercaron a nuestras sociedades, acaban abandonando a edades muy tempranas y alejando de sus vidas para siempre la práctica musical. Y desaparecen de nuestras organizaciones; su paso fue fugaz, a diferencia de los aficionados de antaño.

En segundo lugar, esto incide directamente en la organización de las agrupaciones musicales, que lejos de conseguir una deseada estabilidad, cambian su plantilla completamente cada siete u ocho años. Como un ejército en el frente de trincheras, los soldados caídos son sustituidos rápidamente por otros nuevos a los que les aguarda el mismo destino.

En tercer lugar, la calidad participativa se resiente. El cambio actitudinal de estos nuevos músicos es significativo y su compromiso con la organización es mucho menor, circunstancia que causa desazón entre los directivos, los responsables de las sociedades y los pocos aficionados de toda la vida que quedan. Pero no se puede pedir “peras al olmo”, la motivación ya no es la misma; cuando no consigo el objetivo que me movió a formar parte de la banda qué sentido tiene quedarse. A otra cosa mariposa.

Desde el punto de vista social y educativo, esta circunstancia supone un fracaso de gran magnitud en el seno de unas asociaciones cuya finalidad esencial es la promoción de la música entre amplias capas de población.

Hay una razón implícita en la naturaleza elitista de la llamada “música clásica, culta y de tradición europea”. Este tipo de música siempre estuvo imbuida de un halo artístico y exclusivo, una especie de saber destinado a personas dotadas de gran sensibilidad y de un cierto virtuosismo. Se puede aceptar que todos los públicos acudan a los conciertos, incluso se tolera la figura del melómano, alguien que atesora un saber enciclopédico y teórico sobre la vida de los compositores y otras cuestiones; pero la interpretación de la música, el dominio de un instrumento es propio de los profesionales entrenados concienzudamente en esta tarea. Esta concepción de la música poco democrática ha ido ganando adeptos incluso dentro de las catedrales de los músicos aficionados: las sociedades musicales valencianas.

Hay dos indicadores que certifican de manera rotunda el fracaso de este modelo: a) solo un porcentaje muy pequeño (algunos estudios lo sitúan en el 3%) consigue la tan buscada profesionalización y b) la mayoría de nuestros músicos aficionados abandonan la práctica y educación musical entre la franja de edad de 14 a 16 años.

Basta de quejarse, ¿qué podemos hacer para cambiar esta situación? Proponemos las siguientes líneas de actuación:

  1. Un “nuevo” proyecto educativo para nuestras escuelas de música. Es necesario superar el tabú del elitismo y normalizar definitivamente la relación entre música y ciudadanos.
  2. Un nuevo liderazgo, sobre todo de los directores de las bandas, la figura de más ascendencia en nuestras organizaciones. Deben entender lo que llevan entre manos y ser capaces de articular acciones que busquen la calidad y el éxito artístico integrando a los aficionados. Inserten por favor entre sus objetivos algunos de carácter social y no solo estrictamente musical. Todos saldremos ganando.
  3. Explicar a las familias claramente “la segunda parte del partido”. ¿Compensa seguir un programa tan ambicioso de sesgo profesional en las escuelas de música de manera generalizada si abocamos con ello al abandono a la casi totalidad de los estudiantes? Al final la sensatez se impondrá también en este colectivo. Para eso están los conservatorios.
  4. Articulemos más políticas claras desde las administraciones y la Federación de Sociedades Musicales de la Comunidad Valenciana que reconozcan las aportaciones, el esfuerzo y el mérito de este colectivo. Sintámonos orgullosos de los aficionados al igual que hacemos con nuestros profesionales.

que nadie se equivoque, no se trata de minusvalorar a los profesionales, faltaría más. El autor es uno de ellos y da gracias a las bandas de música que le dieron una oportunidad de promoción social y laboral. Lo que se critica es otra cosa. La sabiduría popular nos dice claramente: “para vestir a un santo no es necesario desvestir a otro”. Y no hay más, es esto. Conjuguemos ambos perfiles.

Y no nos preocupemos, de esta manera los profesionales de la música serán todavía muchos más y mejores y la calidad artística de nuestras bandas se incrementará y cómo no, el clima organizativo de las mismas. Por fin Neandertales y Homo Sapiens convivirán pacíficamente. Y lo más importante, seguiremos realizando aportaciones sociales contundentes en consonancia con los retos del futuro y las necesidades actuales.

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